El 15 de septiembre del 2016 los habitantes de la comunidad de Torre Chica (Valle de los Chichas, Potosí), se reúnen para sembrar tres hectáreas de maíz en la chacra de don Alfonso Flores y Genoveva Fernández; en este día “Huak’e” (la fiesta de la siembra de maíz), se observa la sobrevivencia de algunas prácticas, costumbres y tradiciones, que son herencia de la milenaria Cultura de los Chichas

El pueblo de Torre Chica, en este día de septiembre, se despierta con un sol radiante, junto a murmullo de un viento que se entremezcla con el cantar de los pájaros y las voces de sus mujeres y hombres que tienen el eco de “Huak’e — Fiesta de la Siembra”

Del medio de un tumulto de molles, a paso lento, con la ropa vieja como los años que lleva encima y con la sonrisa de oreja a oreja, Alfonso Flores, se acerca a la orilla de una acequia y se pone al frente de su pequeña parcela y se quita de la espalda su pequeño cántaro de chicha, junto a su aguardiente y la infaltable hoja coca.

_ ¿Estás haciendo huak’e?, le pregunté:

_ “Si, hijo voy sembrar mi terrenito, pero no hay nadie, ni la yuntas ni los gañanes; ya he venido trayendo la t’inka”, responde Flores y se quita la gorra marcada por el sudor de su frente y tiene la mirada fija en la tierra bañada de abono que fue desparramada en horas de la madrugada.

Las agujas del reloj siguen su curso y aproximadamente a las 8:15 de la mañana, aparecen las dos primeras yuntas de bueyes y minutos más tarde llegan los otros dos pares de rumiantes, dirigidos por los gañanes (personas que manejan las yuntas); estos bravos hombres descargan sus arados y cadenas de hierro de su hombro curtido y otros del lomo de un burro; para luego de acuerdo al orden de la llegada ponerse en fila y comenzar a surcar el terreno.

Luego de las tres primeras vueltas, el puntero de los gañanes hace un alto y todos se acercan donde don Alfonso, quien con sus manos temblorosas comienza a compartir un puñado de coca, además les invita en una “tutuma” la refrescante chicha y por detrás un vaso de trago.

Pero antes de servirse todos invitan a la Pachamama (madre tierra), pidiendo permiso al alférez, pronunciando la frase: “que sea buena hora don Alfonso”.

Mientras esto pasaba en el terreno, en la casa, doña Genoveva Fernández, esposa de don Alfonso, con la piel surcada por las arrugas, sujetándose en un bastón y con la ropa vieja ensuciada con el hollín de las “t’uru mankas” (ollas de barro), se encuentra preparando la comida, junto a un grupo de mujeres que trabajan como hormigas; donde cada una de ellas aporta su granito de arena; desde la niña más pequeña que alcanza el agua, hasta la vieja comadre de la esquina que tan solo se dedica a pellizcar los últimos chuños y dar algunas órdenes.

Había un sonido raro, entonces me acerqué al fogón y pues eran ollas grandes que simulaban a un volcán a punto de erupcionar, agitadas por la llama de un tronco de molle seco.

“No hay que perder nuestras costumbres y tradiciones”

En este pueblo se está luchando para no perder la práctica de algunos principios y valores sociocomunitarios como la solidaridad, complementariedad y reciprocidad, además de prácticas ancestrales como la Mink’a y el Ayni. Doña Genoveva, manifiesta que la noche anterior los vecinos habían venido a ayudar a casa para alistar la verdura y demás ingredientes para la comida: “ Mis comadres vinieron, la vecina de aquí arriba igual nos ha ayudado a hacer chicha también la otra vez, leña nos ha faltado, mi viejo ya no puede traer mucho, antes era bien los jóvenes traían, ahora ya no traen que será pues, por eso nosotros los abuelos decimos que no hay que perder nuestras costumbres y tradiciones, los lloq’allas (jóvenes) y las imillas (mujeres jóvenes) ya no son como antes”, la señora Fernández me comenta eso y se va a la cocina.

Cerca al medio día, justo cuando el sol se ponía en la parte media del cielo azul de Torre Chica, en el terreno se observa las yuntas y los gañanes removiendo la tierra. Pero también se puede ver a los “Q’urpeadores” (personas que se encargan de destrozar los grandes trozos), quienes con sus picotas van afinando la tierra.

Ya para las 12:30, del medio de un callejón cubierto de molles y sauces llega el almuerzo junto a un tumulto de personas que llegan a apostarse debajo de un sauce, que para la primavera había comenzado a enverdecer. Mientras, los gañanes y q’urpeadores hacen un descanso relativamente largo, para poder servirse el alimento y reafirmar su lazo con la Pachamama.

El almuerzo consiste en una sopa de quinua y un plato de “Phatasqa Uchu” (ají de maíz o trigo pelado), que tiene pedazos de patas y vísceras de cabra.

Pero antes de servirse el “phatasqa uchu” acompañada de su chicha, Alfonso Flores y su esposa Genoveva Fernández van hacia el centro del terreno; en la tierra removida con sus manos hacen un pequeño hoyo, seguidamente se destocan y entierran los alimentos. Esta acción para con la Pachamama, se realiza como muestra de agradecimiento y petición, para que ella les pueda dar una buena cosecha y que les proteja de las plagas.

Una vez cumplido con la Madre Tierra la pareja de abuelos prosiguen a compartir la comida con todos los huak’eadores , quienes están apostados alrededor de las señoras que están al mando de las ollas negras.

Después de haber saboreado la comida y la bebida, proceden a nombrar al Pachatata, que es el más anciano, que en esta oportunidad recayó en Don Alfonso. Seguidamente, todos los presentes de forma individual quitándose el sombrero se acercan al Pachatata, para depositar algunas hojas de coca para el mismo ch’allado de la semilla con aguardiente. Y para rematar, a su turno toman aproximadamente medio litro de chicha que los sirven en yuritos de barro (pequeños cántaros).

La mama (mujer anciana), en este caso doña Genoveva Fernández, procede a distribuir a los gañanes: flores, rosquetes pintados para que estos adornen sus yuntas y las t’anta wawas (muñecos de masa cocida), que los gañanes se cuelgan al cuello y las mujeres cargan en un aguayo en la espalda. Por su parte el Pachatata comienza a distribuir la semilla a las hiluris (mujeres que hacen el semillado), quienes llevan coquetos aguayos como sus sonrisas. ¡A semillar se dijo!

A media tarde cuando el proceso de sembrando va por la mitad del terreno, uno de los gañanes grita a viva voz “moqo alférez”, que significa que se debe hacer una alto para un descanso; para ello don Alfonso invita un cántaro de chicha, aguardiente y coca.

El Chumili”

Terminada la siembra, Don Alfonso Flores y Doña Genoveva, invitan a los asistentes la t’inka, que consiste en un cántaro de chicha, una botella de aguardiente, bastante coca y algunos tímidos cigarrillos, para luego comenzar con el “Chumili”, del cual decían que ya no se practica mucho.

“Antes era pues, más lindo el “chumili”, una vez que invitaban la t’inka, se comenzaba a cantar y bailar batiendo banderitas blancas, se tocaba la quena y la caja”, susurra Gerónimo Cuevas, uno de los gañanes más experimentados.

Me pongo al lado de don Alfonso Flores, casi gritándole en la oreja le pregunto ¿qué es el chumili?, me sonríe y comienza a relatar que “de las esquinas del terreno cada gañan (hombre) y su hiluri (mujer), comienzan a cantar y bailar, al ritmo de una caja y una quena o anata, y en cada esquina se va tomando chicha y trago hasta llegar donde el pachatata”.

Me puse triste. El chumili para este tiempo ya no era el como el que nos comentaba el abuelo Alfonso.

El sol ya se iba despidiendo de Torre Chica, yo estaba muy curioso y entonces me puse a hablar con los hombres y las mujeres, tome junto a ellos la chicha y unos cuantos vasos de aguardiente, es por eso que a medida que pasaba el tiempo hacíamos más bulla.

En uno de esos instantes se acerca a mí, Jhonny Fernández, pero en el pueblo es más conocido como “choco”, y con su voz ronca comienza a cantarnos estas estrofas:

Palkilomay, Palkilomay

Ñuqasa waqayman kasqa

Joven kachkaspa

Vidalay urpis paloma

Ahicito, ahicito

Más allasito

Dentro de los ocho días

Hay viday, hay palomay

Que maravilla la chacra

Vamos a la puma wasi

Hay es la carne barata

Ocho costilla por cinco

Una virija de yapa

(Jhonny Fernández)

Dije: ¡revivió el chumilil!; y de repente se escucha una desafiante y dulce voz de mujer, era de doña Mica, que cantaba y hacia corear a las demás mujeres:

Palkilomay, Palkilomay

Hay viday, hay palomay

Ñuqasa waqayman kasqa

Soltera kachkaspa

Vidalay urpis paloma

(Nicasia Vargas)

A todos los que estuvimos queriendo resucitar a la “chumiliada”, la noche nos había atrapado, pero eso no impedía que de rato en rato, alguien se anime a saltar al ritmo de la caja. Para ese rato el aguardiente ya había hecho de las suyas a las mujeres y hombres. Y después, borracho estaba y no me acuerdo.

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